M uchas veces podemos llegar a sentir que en los distintos ámbitos donde nos toca actuar, no somos reconocidos como nos merecemos. Comenzamos a pensar en lo injusto que es todo, generando un malestar que crece cada día en nuestro interior.
Cuando nuestro esfuerzo no es correspondido como pretendemos corremos el riesgo de desviar nuestra mirada del camino de Cristo y empezar a tener una impresión distorsionada de la realidad. Nos olvidamos de todo lo bueno que nos ofrece El Señor y ponemos el foco en lo externo y superfluo.

Comenzamos a fijarnos en los demás, pero no con una mirada misericordiosa, como enseña El Altísimo, sino formándonos opinión de que quizás ellos tengan cosas que por su manera de actuar quizás no merecen.

Producto de esta desmotivación momentánea, surge en nuestro interior uno de los sentimientos que más nos limita en el camino que Dios ha trazado con nuestro nombre: La envidia. Debemos erradicar este sentimiento negativo ya que, además de hacer daño, nos distrae del propósito que tiene El Señor para nuestras vidas.

Con la presencia de la envidia en algún lugar de nuestro corazón, vemos como empezamos a compararnos con otros, a gastar energías en dilucidar si nuestra realidad es mejor que la de los demás. La envidia nos vacía de Compasión y nos sumerge en un mundo de insatisfacción constante, un mundo donde nunca se cumplen las metas, un mundo vacío y sin expectativas en donde lo material toma un papel preponderante. Todos los caminos de la envidia conducen a la infelicidad.

Recordemos que El Señor nos ha dotado con el más maravilloso de los Dones: La capacidad de Amar a otros desde lo autentico y profundo. El Señor nos ha Bendecido con Su Perfecto Amor. Ese Amor se expresa a través de nosotros como creación única e irrepetible.

Obremos en El Plan que Dios tiene para nuestras vidas. Incorporemos nociones y acciones positivas en nuestro Espíritu que nos permitan crecer en el camino de Cristo. En el Amor de nuestro Padre Celestial no hay lugar para la envidia.

Pon determinación en ser la persona que Dios te ha llamado ser y regocíjate en Cuerpo y Espíritu pues Cristo estará Siempre a tu lado.